Relato Erótico Ilustrado: Vendiendo... Orgasmos

Relato Erótico Ilustrado: Vendiendo... Orgasmos

Vivía metido en una mala racha. Malas decisiones y el contexto de crisis que azotaba el país me obligaron a cerrar el negocio que había abierto con mucha ilusión y esfuerzo tan solo cinco años antes. Se me vino el mundo y las deudas encima, lo que me obligó también a abandonar mi piso y volver a casa de mis padres. Encontré un trabajo de fines de semana con la ayuda de un amigo que tenía una empresa de sonorización de eventos y que me llamaba cuando tenía compromisos que no podía atender o necesitaba alguna mano extra en un acto de mayores dimensiones. El trabajo era demasiado esporádico y aunque agradecía la ayuda que me brindaba, sabía que se trataba de una limosna que, aunque mi amigo me ofrecía gustoso podría terminar tarde o temprano. Desesperado navegué en portales de búsqueda de empleo y la verdad que no le hice ascos a casi nada aunque las aptitudes solicitadas no terminaran de cuadrar con mi perfil. Tan solo esperaba que el teléfono sonara para empezar con las entrevistas.

Al llegar el lunes me levanté temprano y salí de casa sin nada que hacer, pero no quería ser una carga para mis padres y menos todavía darles la sensación de estar zanganeando en casa a su costa. A media mañana empezaron las llamadas. Me supo mal ponerme exquisito, pero deseché un par porque no se ajustaban en nada a lo que yo aspiraba o porque no cumplía para nada los requisitos que se pedían. Al mediodía de camino a casa seguía esperando esa oferta de trabajo soñada que no aparecía, como otros tantos miles de conciudadanos. Frente al plato de lentejas que mi madre había preparado sonó el teléfono de nuevo. Algo avergonzado por los rechazos anteriores y por las miradas de mis padres atendí la llamada de mil amores. Me ofrecieron ir a una entrevista de trabajo para una empresa de marketing que buscaba equipos jóvenes de trabajo con mucha ilusión y con posibilidades de promoción. Para ello debía acudir al día siguiente bien vestido. Anoté la dirección que me facilitaron y colgué viendo cierta sensación de orgullo en la mirada de mis padres.

La comida transcurrió como de costumbre, con mis progenitores instalados en una calma incómoda. No creo que fuera que no me quisieran ahí, sino que les apenaba que me viera en esa situación recién estrenada la treintena. Mi madre suspiró antes de romper el silencio:

– Y bueno, ya llevas días aquí y aún no hemos oído hablar de Celia.

– Celia…- tosí sorprendido antes de seguir – Celia es pasado, mamá. Se terminó dos meses antes de cerrar la tienda – bajé la vista al plato de lentejas y di por finalizada la conversación.

Celia era mi pareja desde hacía dos años. No vivíamos juntos ni tampoco había una gran relación con mi familia, así que cuando se acabó no creí oportuno decir nada en casa. Demasiado preocupado estaba con lidiar con el necesario e inminente cierre de mi negocio. La noche que cortamos transcurrió de una manera tan normal que en absoluto vaticinaba su desenlace. Cenamos una pizza congelada, vimos una peli y nos fuimos a acostar. Recuerdo esperarla sentado al borde de la cama para hablar de menudeces cuando saliera del baño. Y el espectáculo que me aguardaba era de infarto. Salió del baño con un conjuntito que hacía tiempo que no usaba: un camisón rojo con transparencias negras que le llegaba por encima de la cintura. Con un pronunciado escote en V que levantaba sus pechos menudos. Las copas estaban bordadas con llamativos motivos florales y remataba el conjunto un lazo de satén en la parte delantera con el que alguna vez habíamos jugado. Era palpable que tenía ganas de marcha. Gateó hasta llegar a la altura de la cama y apartándome enérgicamente las piernas se metió entre ellas. Y se aplicó como nunca a una mamada profunda y muy ensalivada. Todavía hoy al recordarlo me estremezco con la fuerza de su succión. Me dejó impresionado y en menos de cinco minutos se relamía los restos de mi orgasmo alrededor de sus labios. Me repuse en seguida y follamos como nunca sin importar lo ruidoso que pudiéramos ser ni lo extremo de algunas posturas… Mientras me abrazaba a ella y al punto del sopor post-orgásmico me partió el alma diciéndome que esto era un adiós. Sin rubor alguno se acurrucó en mis brazos y se durmió quedándome sin derecho a una más que merecida réplica. A la mañana siguiente, recogió sus cosas y se marchó. Poniéndolo en perspectiva y visto lo sucedido, creo que la maravillosa actuación ofrecida esa noche fue movida por los remordimientos. Sabía que me iba a dejar en lo más bajo y quiso lavar su conciencia con ese maravilloso polvo de despedida. Aunque no lo suficiente para probar su culito, algo que quedó encerrado para siempre en el cajón de los imposibles.

A la mañana siguiente a la hora convenida llegué a las oficinas que se hallaban en una zona industrial, afortunadamente bien comunicada por transporte público. El panorama de candidatos para el puesto era de lo más variopinto: Gente muy joven, la mayoría disfrazados con trajes que o bien no eran suyos o los estaban aprovechando de alguna boda o evento parecido. Eso me descolocó, ya que tan solo me pidieron ir bien vestido, sin tejanos ni camisetas, pero en ningún momento indicaron que debía acudir trajeado.

Al ritmo que la sala se iba llenando y la recepcionista se veía más abrumada, comencé a observar al variopinto colectivo que se iba agolpando. Entre las mujeres había un nutrido grupo de mujeres latinoamericanas. Eran las que más llamativas iban vestidas, convirtiéndose en el centro de atención. A pesar de una vestimenta ciertamente hortera, algunas sabían aprovechar sus encantos naturales, pero las que no resultaban tan agraciadas daban cierta vergüenza ajena.

Me sacaron de mi ejercicio de observación unos gritos que se escuchaban poco atenuados por las delgadas paredes de Pladur. Entre el griterío pude escuchar claramente frases como “vamos a vender” o “no quiero un no por respuesta”. Estaban dándose una charla motivacional de los más exacerbada y a algunos nos dió un poco de temor unas prácticas más propias de una secta que de una empresa seria. Pero de golpe se abrieron las puertas y empezaron a llamar a los candidatos presentes.

A la hora de la entrevista el chico que me atendió más que contarme de qué trataba el trabajo me regurgitó el discurso que alguien antes le había contado. Todo muy estudiado, sin espacio para la improvisación: trabajo en grupo por objetivos personales, la posibilidad de hacer mi horario a medida que llegara a resultados o la posibilidad de conseguir promocionar en la empresa teniendo a cargo a otros grupos de trabajo u oficinas… un tinglado montado de forma piramidal. Después de anotar mis datos y hablar sobre mi currículo me dijo que había superado la primera fase y que la segunda empezaría en seguida acompañando a uno de los grupos de trabajo. Primera sorpresa del día, tener que dilatar el tiempo que pasaría con ellos.

Nos llevaron a la ciudad en transporte público y nos repartieron por parejas que irían supervisadas por un superior. El compañero que me tocó fue un hombre mayor que si bien tampoco llevaba traje como yo, iba hecho un guiñapo y lo peor es que no daba imagen de ir muy aseado. En contraposición, quien nos supervisaría era más joven que nosotros dos y llevaba un traje nuevo impoluto, aunque con tanto brillo que se arruinaba el aire ejecutivo que pretendía reflejar. Durante el trayecto nos fueron adoctrinando y por fin dejaban a las claras de qué se trataba exactamente el trabajo: El de comercial puerta a puerta, aunque ellos preferían el término “marketing directo”.

Una vez llegamos a destino nos repartimos el barrio por calles y cada grupo comenzó su jornada de trabajo. Enfilamos una gran avenida bastante cercana a mi lugar de infancia y llamamos al primer telefonillo. El primer obstáculo era conseguir que alguien abriera la puerta de la calle. Una vez conseguido, nuestro destino era el piso más alto del edificio y comenzar a descender por él a medida que llamábamos a cada puerta. Debíamos anotar que pisos no respondían o los que nos daban una negativa. Pero si alguien nos daba bola comenzaba el show del supervisor, un auténtico charlatán que sabía vender usando a veces unos argumentos que a mí me llegaban a violentar. Sabía que si encontraba un hogar con hijos o nietos el rollo lacrimógeno de los niños refugiados era su mejor baza. O el que la escasa cantidad de la donación pedida tan sólo suponía una barra de pan al día y que seguro que no quería negar el pan a un niño pobre…. La gente que nos abría, aunque en principio fueran reticentes, en general escuchaban el rollo que les soltaba. Supongo que al ser por una buena causa eran más receptivos, y si bien la verdad es que no engañábamos a nadie, me gustaría ver qué sucedería el día que tuviera que convencer a alguien para cambiarse de compañía telefónica.

Al terminar el primer edificio donde sólo conseguimos dos puertas abiertas y una medio-venta andaba algo desalentado, así que pregunté:

– ¿Y para qué anotamos las puertas que no han respondido?

– Para volver después de comer. Hay que trabajarse esta zona porque no se puede repetir al día siguiente. Por eso no hay que dejar que nadie se lo piense o que diga que lo consultará con su pareja… Todo eso siempre desemboca en un “No” y en la consiguiente pérdida de tiempo y dinero.

Así que esa segunda fase se trataba de toda una jornada de trabajo sin cobrar y además teniendo que gastar dinero de mi bolsillo para comer. Segunda sorpresa del día.

En la siguiente escalera conseguimos o mejor dicho, consiguió Diego cerrar tres afiliaciones más, pero se nos acumulaba el número de puertas a las que habría que volver más tarde. Viendo el panorama, a la hora de comer mi compañero Javier se excusó y se marchó a su casa y me quedé con Diego, el supervisor. Durante la comida fueron llegando otros grupos de trabajo, lo que me hizo más ameno el descanso.

Se nos unió a la mesa un grupo de tres chicas. Dos de ellas llevaban ya una semana trabajando y coqueteaban claramente con Diego. No tenía mal porte el chaval, pero me dio la impresión que el acercamiento era más bien táctico para conseguir promocionar dentro de la empresa. La tercera en discordia era una muñequita venezolana. De una estatura media, con una bonita piel brillante y trigueña, y una larga cabellera caoba. Su mezcolanza de rasgos exóticos, con grandes ojos ovalados, pómulos redondeados y una nariz afinada y armónica le daban un aire entre cándido y enigmático. María Gabriela, que así se llamaba no estuvo muy habladora, lo más que se atrevió a decir fue para resolver dudas sobre el trabajo. Parecía muy buena chica y pensé que si seguía con el trabajo tendría ocasión de entablar conversación con ella. Pronto terminamos el descanso y seguimos en marcha.

– ¿Te has fijado cómo comen de la palma de mi mano? – Me soltó Diego como si fuéramos colegas o algo así – A esas dos les voy a dar un tiento el día que se me antoje.

– Oye Diego, no quiero molestar, pero ¿A qué hora terminaremos?

– Terminaremos cuando terminemos. La próxima puerta que abra, te encargas tú.

En el siguiente edificio tuvimos más suerte. Había mucha gente que comía en casa y todavía no había vuelto al trabajo. Y me tocó intervenir. Abrió la puerta una mujer sobre la cincuentena vestida con un traje chaqueta. Trastabillé un poco, lo que le dió pie a cortarme de cuajo advirtiéndome que tenía que marcharse ya y no tenía tiempo que perder. Al cerrar la puerta Diego empezó a soltarme la charla para ver todos mis defectos, pero lo hizo de una manera muy destructiva.

– Lo intento de nuevo con la siguiente, si no te importa

– A ver si ahora eres capaz de soltar dos frases seguidas…

Nos recibieron dos chicas jóvenes. Eran estudiantes y compartían piso. Su atuendo era descaradamente sexy por lo informal. Iban en pantaloncito corto y camiseta de tirantes y sin ninguna vergüenza estuvieron tonteando mientras nos escuchaban. Yo ya intuía desde el primer minuto que tanta risita y tanta pavería no nos iban a llevar a cerrar ninguna venta, pero Diego se explayaba en su discurso, pero pronto cambió a un flirteo de discoteca bastante ridículo. Trató de invitarlas a tomar algo un día, pero tampoco consiguió zanjar ese trato. Al cerrar la puerta quiso justificarse ante mí

– Buenas están hechas esas dos… ¿has visto como me miraban? Me comían con los ojos… Porqué estabas tú aquí, que si no entro con ellas a pasar un buen rato.

– Pues a mí me parece que te estaban vacilando..

– Qué sabrás tú.

Fueron pasando las horas y los edificios y yo ya no soportaba un minuto más con este tío cuando me cayó otra jarra encima.

– Un par de edificios más de repaso y nos volvemos a la central… hay papeleo que hacer.

¿A la central otra vez? ¿Todo un día pateando puerta por puerta, malcomiendo en un barucho de menú y teníamos que volver? Si yo ya intuía que eso no se acercaba ni de lejos a mi trabajo deseado, parecía que intentaban con todas las ganas evitar que quisiera pertenecer a esa empresa.

Ya eran casi las ocho de la tarde y nuestras cuentas no eran para lanzar cohetes. Él, que presumía de cerrar no menos de treinta ventas cada día, no estaba consiguiendo impresionarme. Encarábamos nuestro último edificio donde ya habíamos estado por la mañana. Conseguimos entrar y subimos al ático para empezar el descenso de llamadas puerta por puerta. Llamamos a las tres del rellano y nadie nos recibió. Me pareció raro que al apuntar los pisos de cada rellano que indicaba el interfono anoté cuatro puertas en lugar de sólo tres. Miré hacia la escalera que se dirigía a la azotea y ahí había otra puerta más. Se lo indiqué a Diego y subimos en fila de a uno la estrecha escalera.

A través de la puerta se escuchaba algo de música, recuerdo que era Sting. La puerta se abrió y apareció una mujer alrededor de los cuarenta, de media melena pelirroja ondulada y asimétrica. Vestía una blusa blanca de cuello Mao aunque llevaba varios botones desabrochados, leggins de imitación a cuero y unas botas de media caña de ante claro. Junto a ella un par de bolsas de la compra por lo que parecía evidente que acababa de llegar de la calle.

Se nos quedó mirando con ojos intrigados mientras hacíamos equilibrios para caber en el estrecho descansillo. Tras presentarnos Diego y decir de parte de qué organización veníamos ella nos correspondió

– Yo soy Melania, pero mis amigos me llaman Mel. No os quedéis ahí parados que os vais a matar.

Se notaba que Diego tenía prisa, porque puso el turbo con su explicación oída en ese día más de cien veces. En medio del discurso, como iba haciendo habitualmente, hacía constantes alusiones al nombre de su interlocutor para ganar familiaridad con ella. Mientras hablaba, yo iba examinando el minúsculo apartamento de nuestra anfitriona. Un espacio diáfano donde cohabitaban una pequeña cocina, una gran cama y una puerta que supuse sería el baño. Mientras tanto ella se sentó en la cama y se quitó las botas ajena a todo lo que le estaban contando.

– Mirad, chicos. Esto que contáis suena muy interesante y muy bonito. Pero aunque ahora mismo trabajo no puedo comprometerme durante varios meses. ¿Os suena Spanair? Pues con los recortes y los despidos, no puedo ni adivinar si la semana que viene tendré trabajo o si podré pagar esta buhardilla.

– La buena voluntad no nos sirve, Melania. Necesitamos un compromiso por una cantidad muy módica, casi minúscula – Diego seguía erre que erre.

– Perdonad ¿Os importa que me fume un porrito? – Diego se quedó a cuadros

– Estás en tu casa – le respondí con una franca sonrisa.

Se levantó y del cajón de la cómoda sacó una cajetilla y una bolsita. Dándonos la espalda se recreó en el ritual de liar el cigarrillo y comencé a mirarla con otros ojos. Donde primero se posaron fue en su opulento y voluptuoso trasero en forma de corazón atrapado en esos ajustados leggins y sin aparente pizca de celulitis. Sus caderas, ligeramente más anchas que su cintura finalizaban en unas piernas tonificadas. Y aunque no era alta, la adecuada distancia entre pantorrilla y tobillo remataban un conjunto majestuoso, pero sin excesos. Mientras yo observaba, mi acompañante no sabía qué más hacer y agarrando la carpeta de los documentos esperaba con impaciencia dando pequeños golpes con el pie.

– Melania, de verdad que no queremos hacerte perder el tiempo – Dijo Diego con ánimo de terminar la visita. Pero ella seguía en su parsimonia.

– Mel – intervine yo intuyendo una sonrisa por su parte por escuchar por primera vez que alguien la llamaba como hacían sus amigos – Pues a mí me apetecería dar un par de caladas, no veas que día llevo. – A Diego se le salían los ojos de las cuencas de la indignación.

Cuando terminó se encendió el porro y volvió a sentarse en la cama frente a nosotros. Con un gesto de la cabeza me indicó que la acompañara. Le agarré el cigarrillo de la boca y le di una buena calada al tiempo que ella echaba las manos atrás y se recostaba ligeramente exponiendo a quien quisiera mirarla su generosa delantera que reposaba a ambos lados víctimas de la gravedad. Por cortesía le ofrecí a Diego si quería dar una calada, pero rehusó.

– Y este trabajo vuestro, ¿Habría sitio para mí? ¿Se gana bien?

– Vamos por objetivos y a comisión y nos hace falta gente con desparpajo y don de gentes – Diego se relajó un poco sacando su lado vendedor.

– Siéntate aquí y descansa un poco tú también que estarás agotado. – Mel era un bicho, se le notaba las ganas que tenía de pasarlo bien si nos prestábamos a ello.

Diego se sentó mientras seguía en su discurso quedando ella sentada en medio de los dos. Cogió el porro de entre mis dedos y se lo llevó a sus delgados labios perfilados de color carmesí. Cogió una buena bocanada y mirando a mi acompañante exhaló el humo a la cara de Diego que al instante comenzó a toser, provocando una buena carcajada de Mel. No me lo pensé ya dos veces y rodeando con una mano su cadera le di un pequeño toque tirando de ella hacia mí. Se volvió y le di un tremendo beso que aceptó abriendo su boca y ofreciéndome su lengua. Tras el aroma del porro compartido su boca sabía a las fresas de su barra de labios.

Puse una rodilla sobre la cama para poder girarme sin despegar mi boca de la suya mientras comencé a desabrochar los botones de su blusa. Separé ambos lados para dejar al descubierto sus senos que se bamboleaban a los costados. Mel se echó atrás desenredando nuestras lenguas y dejándome besando al aire. Al abrir los ojos Diego me reprendía con la mirada, pero se interpuso Mel tratando de llamar su atención. Todo el arrojo del que había hecho gala durante la jornada se diluyó al instante.

– Aquí o se participa o se está de más – Mel no se andó por las ramas y mi supervisor, aunque dudaba por cuánto tiempo podía seguir considerándolo así, cruzó la puerta y se fue.

– Lo has dejado sin habla, quién lo hubiera dicho…

– Vamos a lo nuestro, que traigo hambre…

Dejó el porro en un cenicero y prácticamente se arrancó los leggins al tiempo que se echaba sobre mí, quedando aprisionado por sus pechos que pendían irresistibles frente a mi boca. Sus senos, blancos y pecosos con aureolas y pezones rosados color chicle fueron paladeados con deleite mientras me abrazaba por la nuca atrayendo más mi cabeza y hundiéndola en su escote.

– Yo tan desnuda y tú tan vestido. ¿No te da vergüenza?

– Hay que ser ecuánimes…

Me libré del abrigo que tanto me sobraba y lo dejé doblado en una silla dándome cuenta que Diego se había dejado las carpetas con los documentos. Sin apartar la mirada de ella me quité los zapatos pisando los talones. Con mucha ceremonia y algo asombrado por ese repentino golpe de suerte en un dia tan baldío fui despojándome del resto de mi atuendo. Ella tampoco apartaba su mirada cuando acto seguido deslicé el cierre del cinturón dejando caer los pantalones al suelo. Me fui acercando a la cama que presidía la estancia donde me aguardaba Mel tendida hacia atrás tensionando los brazos para elevar el pecho y tratar de esconder algo de barriga, aunque a mí me parecía una mujer deliciosa. Los botones de mi camisa iban cediendo hasta que al llegar al último prácticamente saltó hasta el borde del colchón para terminar el trabajo. Estando de rodillas tiró de la camisa lanzándola al suelo para así poder acariciar mi piel desnuda que recorrió con sus uñas provocándome ligeras cosquillas en el costado. Cuando me tuvo rodeado agarró la goma de mis slips y jaló de ellos hacia el suelo revelando una poderosa erección como hacía eras que no tenía.

Cuando parecía que iba a dar inicio una suculenta mamada, se dejó caer sobre la cama llevándome con ella siendo prisionero de sus brazos. Me mordía el cuello, lamía mis muy sensibles orejas, tratando de llevarme al punto de ebullición. Pero a ese juego no sólo sabía jugar ella: Llegué con el dorso de mis dedos a acariciar el interior de sus muslos, sedosos y cálidos. Con el pulgar trataba de leer el camino que sus hinchados labios humectantes flanqueaban su vulva. Mel gemía calladamente hasta que aparté sus bragas para enterrar profundamente un par de dedos en su interior.

– Así no – exclamó jadeante

– ¿Seguro que no te gusta? – le pregunté extrañado por la contradicción entre las palabras que pronunciaba y los sonidos que emitía.

– No quiero dedos, quiero polla.

Se elevó, se quitó las bragas y empuñando mi verga se la fue hundiendo pausadamente saboreando cada detalle, cada rugosidad, cada vena…

– Joder como la siento, me llena.

– ¿No querías polla? Espero que esta te sirva – le dije socarronamente al tiempo que comencé a bombear a un ritmo calmado.

Sin desenfundar, se colocó a horcajadas oprimiendo con su mano mi pecho contra el colchón. Así Mel trataba de controlar la velocidad y profundidad con la que mi estoque la penetraba dejando bien claro que era ella quien quería llevar la voz cantante, hecho que no me disgustaba, aunque no pensaba dejarme vencer tan fácilmente. Le ofrecí un dedo para que lo lamiera y fui alargando la otra mano hasta dar con su clítoris, hinchado y libre de su capuchón. Al notar mis estímulos se dedicó a chupar y sorber con mayor fruición. Su clímax andaba cerca y noté como se relajaba esperando su llegada. No lo pensé dos veces, me revolví y conseguí darle la vuelta a la situación. Ahora era yo quien la perforaba mientras ella estaba tendida en la cama con las piernas dobladas sobre su pecho. No le di cuartel tratando de alcanzar mi orgasmo y Mel se agarraba al cabecero debido a mi impulso. Ambos percibimos como poderosos regueros ascendían por mi falo rebosante por tanta abstinencia. En ese punto mi amante semidesconocida alzó sus piernas al cielo moviéndolas espasmódicamente fruto de la culminación de su orgasmo.

– ¿Así es como vendes por las casas? – dijo chistosa sin saber yo qué responder – trae esos papeles.

– En serio, no hace falta que firmes nada. Este trabajo es una mierda y mañana lo dejo.

– Anda, no seas así. Se te ve en la cara que andas tan necesitado como yo ahora mismo.

Rellenó los documentos de la donación dejando bien claro que sus datos estaban ahí para lo que pudiera necesitar. Viendo que no aceptaba un no por respuesta, cortésmente le respondí que las copias de color amarillo servían como desistimiento del contrato y que tenía quince días para solicitarlo. Terminé de vestirme y abandoné el piso todavía incrédulo por todo lo acontecido.

Al llegar al portal Diego me estaba esperando con una cara de cabreo considerable. Sin mediar palabra le enseñé los papeles firmados dejándolo sin las palabras de amonestación que seguro iba a pronunciar. Con esa victoria bajo el brazo lo acompañé a la central.

 

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